Sin mostrarse, el líder libio acusó al jefe de Al Qaeda por las protestas y llamó a combatirlas; uno de sus hijos negó los bombardeos; los opositores al régimen avanzan hacia Trípoli.
El líder libio Muammar Khadafi, hablando hoy por la televisión estatal de su país a través de una conexión telefónica, aseguró que «Ben Laden distribuyó píldoras estupefacientes y drogas a los habitantes de Zawia para que luchen contra nuestro querido país».
«Si quieren este caos, son libres. Y si quieren seguir combatiendo entre ellos, sigan así», agregó Khadafi dirigiéndose a los habitantes de Zawia, al oeste de Trípoli. «Esta gente no tiene reclamos. Sus reclamos son dictados por Ben Laden. Vuestros hijos son manipulados por Ben Laden», enfatizó el líder, en el poder en Libia desde 1969.
La situación ya parece insostenible, pero sin embargo el líder libio Muammar Khadafy resiste atrincherado en Trípoli, la capital, hacia donde avanzan los rebeldes después de tomar el control de un tercio de Libia, como consecuencia de los fuertes avances en el este del país.
«Lo que está sucediendo en Zawia es una comedia: los hombres de Ben Laden distribuyeron drogas en el agua, en el yogurth, en la comida de los habitantes, que armados están devastando la ciudad», subrayó en un discurso con un tono mucho menos beligerante que los anteriores.
Al acusar a Al Qaeda de estar detrás de la «crisis» en el país, dijo que esa red terrorista «quiere crear un emirato islámico en Libia», e invitó al pueblo a «no unirse a los hombres de Ben Laden». La rebelión en Libia «es una farsa a la que tendremos que poner fin, una farsa actuada por los jóvenes, agregó.
Khadafi ofreció asimismo su pésame a las familias de los oficiales y de los hombres de seguridad que le eran leales y fallecieron en estos días de violencia.
Además, en su breve alocución telefónica, se comparó con la reina Isabel, advirtiendo que a Libia «nadie puede imponer ningún tipo de reglas». «Es el mismo caso que en Inglaterra, en donde la reina Isabel ha estado gobernando, es la misma situación. Yo no tengo la autorización de imponerles cambios», resaltó Khadafy.
La rebelión avanza sobre Khadafy. Muammar Khadafy perdió el control del este del país a manos de una insurrección popular y enfrenta una fuerte presión occidental para evitar un baño de sangre que podría provocar un exodo masivo y una desestabilización mayor de esta rica nación petrolera.
Y a pesar de las amenazas, los rebeldes anunciaron la convocatoria para mañana de la primera protesta coordinada en la capital, lo que alimenta el temor a un baño de sangre en las calles de Trípoli. «Un mensaje llega a cada teléfono celular sobre una protesta general el viernes [por mañana] en Trípoli», dijo una residente de la capital.
La sublevación parecía sólidamente implantada en la costa oriental del mediterráneo libio, en la región de Cirenaica, desde la frontera con Egipto hasta las ciudades de Tobruk y Benghazi, pasando por Al Baida. En las carreteras se veían a rebeldes armados junto a soldados que se sumaron a la causa de los insurgentes.
«La decisión es tomar las armas y marchar hacia Trípoli», dijo por su parte desde el bastión opositor de Benghazi, Farag al-Warfali, un dirigente antigubernamental.
En Misrata, la tercera ciudad del país, a 200 kilómetros al este de Trípoli, partidarios de Kadhafi atacaron con ametralladoras y granadas a manifestantes, matando a varios, indicaron testigos.
Mientras tanto, miles de mercenarios de distintos países africanos llegaban a la capital para defender el bastión de Khadafy, que gobierna con mano de hierro desde hace 42 años. «Los mercenarios están por todas partes con armas», dijo una residente de la capital.
La decisión de recurrir a mercenarios muestra que Khadafy combate en forma desesperada por mantener el control del oeste del país, luego de que la oposición lograra el control del área adyacente a la frontera con Egipto, que incluye las ciudades costeras de Benghazi, epicentro de la rebelión; Ajdabiya, y Tobruk, a unos 150 kilómetros de la frontera.
Hasta ahora ha sido imposible determinar con exactitud el número de muertos que dejaron la represión y el combate de los rebeldes con las fuerzas leales al dictador libio. Organizaciones de derechos humanos estiman que habría unos 300 muertos, mientras el canciller italiano, Franco Frattini, calculó el número de víctimas fatales en 1000. Por su parte, desde París, el miembro libio de la Corte Penal Internacional (CPI) Sayed al-Shanuka dijo que la represión de las protestas libias ya causó 10.000 muertos y 50.000 heridos.
Negaciones y amenazas. Mientras tanto, como un óptica baste particular, Saif al-Islam Khadafy, segundo hijo del líder libio y señalado como el probable sucesor de su padre, negó hoy que haya habido bombardeos contra los manifestantes que salieron a las calles y que se haya asesinado a «centenares o miles de personas», al mismo tiempo que desafió a la prensa internacional a entrar en Libia.
«¿Periodistas extranjeros, libios y diplomáticos, adelante, entren, crucen y pasen, dónde están los bombardeos, dónde está el asesinato de centenares o miles?», preguntó amenazante el hijo de Muammar Khadafy en declaraciones reproducidas por la cadena árabe Al Arabiya.
«Adelante, que entren, que crucen y pasen», aseveró sin proporcionar más detalles sobre en qué circunstancias podrían entrar. Este desafío se produce pocas horas después de que advirtiera que los periodistas que ingrsaran al territorio libio no estarían amparados por la ley.
El hijo del líder libio aseguró también que la población libia está haciendo una «vida normal», una situación que se vive también en los aeropuertos y en los puertos. Asimismo, insistió en que los periodistas extranjeros y todos los libios y los diplomáticos pueden llegar al país. Sin embargo, en la frontera con Túnez, decenas de periodistas extranjeros esperan poder entrar en el país vecino para contar lo que ocurre.
Las declaraciones del hijo de Khadafy se contradicen también con los impedimentos que están poniendo desde hace más de una semana los consulados y embajadas libias para permitir el acceso de la prensa extranjera al país.
Fuente: La Nación