El escritor irlandés John Banville, de visita en Buenos Aires para presentarse en la Feria del Libro, habló sobre la identidad y las múltiples versiones de uno mismo que se ponen en juego todo el tiempo, una característica presente en muchos de sus personajes, y cómo utiliza todos los sentidos al escribir para que el lector se sienta vivo al leer sus novelas.
Nacido en 1945 en Wexford (Irlanda), Banville es autor de El mar (Premio Booker), El libro de las pruebas, El intocable, Eclipse, Imposturas, Los infinitos y Antigua luz, entre otras novelas. Y bajo el seudónimo de Benjamin Black ha publicado El lémur, El secreto de Christine, El otro nombre de Laura, En busca de April, Muerte en verano, Venganza y La rubia de ojos negros.
Con una apretada agenda en su primera visita a la Argentina, el Premio Príncipe de Asturias 2014 recibió a Télam en un salón en penumbra de un hotel de Barrio Norte donde tuvo lugar la entrevista, sin que la poca luz y el ruido del restaurante vecino alterara su buen humor.
¿Como es la ciudad de Wexford donde nació?
Yo nací en una ciudad en el sudeste de Dublin, la odiaba, me aburría muchísimo, sabía desde muy chico que no me iba a quedar ahí, y no aprendía el nombre de las calles. Decía la calle donde está el cine, la calle del correo. Fue un gran error de mi parte, era un lugar mucho más interesante del que pude darme cuenta. Le doy un ejemplo: Cuando tenía quince años, un amigo de diecisiete, mucho más sofisticado que yo – usaba un traje de tres piezas, un reloj con cadena, y tenía un temblor en la mano- me comentaba sobre los intercambios de parejas y yo me dije: que ridículo, es imposible que esto pase en un lugar tan chico. Sí, esto pasaba y yo me lo perdí por mi arrogancia. Debería haberme fijado mucho más lo que pasaba a mi alrededor.
¿Considera que los escritores son observadores?
Las personas creen que los escritores son observadores, pero no lo somos. Uno puede absorber una cantidad limitada de cosas, de otra manera se produce una sobrecarga.
Henry James, uno de mis escritores favoritos cuenta que una joven de buena crianza pasó caminando frente a tres barricadas militares, miró cada una de ellas y cuando volvió a su casa podía escribir tres volúmenes completos sobre la vida militar. Se necesita una sola mirada, después la imaginación se encarga de todo lo demás. La imaginación hace la vida. Nos imaginamos la vida y así le damos existencia a la vida misma, sino seríamos como piedras.
Su escritura tiene una fuerte impronta poética ¿Cómo ha influido en su obra la tradición irlandesa?
Tenemos una fuerte tradición de prosa poética, pero también poetas muy buenos, WB Yeats es el mejor en mi opinión, también como personaje. Fue uno de los escritores que se convirtió en un caso de exiliado interno como me pasa a mi. El ejemplo que dio Yeats: no hay que disculparse por ser un artista.
Usted se siente un exiliado en Irlanda…
Sí, pero me pasaría en cualquier lado. Hay un párrafo en El libro de las pruebas que dice: «Debo reconocer que jamás me he acostumbrado a estar en esta tierra. A veces pienso que nuestra presencia aquí responde a una pifia cósmica, que estábamos destinados a otro planeta, con otras disposiciones, otras leyes y otros cielos más torvos».
Y el personaje se pregunta cómo serían las personas, que viven aquí, en otro planeta del universo. Se hubieran extinguido hace mucho tiempo. Cómo sobrevivir en un lugar que nos tendría que haber habitado a nosotros. El mundo es demasiado bueno para habitarnos pero somos el mejor virus que ha tenido aunque, un día, el mundo va a diseñar un virus más fuerte que nosotros.
En ese libro Freddy Montgomery, que ha cometido un crimen, menciona la «pobreza linguística», del diccionario «cuando se trata de nombrar o definir la maldad»…
Cuando uno empieza a hablar de maldad no lo puede definir, no hay personas malditas, los personajes pueden en determinado momento sucumbir al mal y el mismo concepto del mal puede cambiar según las circunstancias, quizás si Hitler hubiera ido a la Academia de Arte no se hubiera declarado la Segunda Guerra Mundial.
Otro tema que sobrevuela su obra es el de la identidad, lo elusivo de la identidad ¿Tiene esa percepción?
Es un fenómeno extraño si me remito al pasado el bebe que tuvo mi mamá era yo, hay algo de esa identidad que prosigue hasta hoy pero no la única. Y está la versión sobre el concepto que tienen otras personas sobre mi. Soy yo donde me encuentro a mi mismo todos los días. No hay una única versión, sino la que aparece en cada momento. Soy un hombre grande y cuando recuerdo mi juventud enamorarme era algo extraordinario, ahora no lo es tanto. Estas en una fiesta, hablas con una chica que empieza a brillar y se convierte en una diosa y me mira a mí y yo soy un Dios. Y durante el tiempo que vivimos ese affaire somos las criaturas que nos inventamos entre si, como dos espejos que se encuentran. Yo no veo a la chica de la que me enamoro, sino que veo su reflejo en ella y puedo decir: que maravilloso que soy.
Cuando habla de su desdoblamiento en Benjamin Black alude a un procedimiento en la escritura de sus novelas ¿No tuvo algún descubrimiento personal con esa nueva experiencia?
Yo empece con Benjamin Blanck como una experiencia, una pequeña aventura, la idea era escribir solo un libro que esperaba que vendiera como mí¬nimo un millón de copias y me hiciera rico, pero para mi sorpresa no pasó. Me di cuenta que disfruto haciendo estos libros y ser el artesano que es Benjamin pero quién sabe tal vez esté pasando algo más profundo que yo no comprendo.
Tengo la fantasía que en el año 2050 vaya a un diccionario de biografías de escritores y lea en John Banville, referencia a Benjamin Black. Y que diga: Banville escribió muchas novelas que ya no están en circulación en cambio Black se ganó el Premio Nobel.
La precisión de las palabras que utiliza, el ritmo de sus párrafos, ¿se ven alterados con la traducción a otra lengua?
Lo que espero siempre es tener un traductor que no traduzca el libro en sí, crear una obra nueva en base al libro. En Los infinitos habla un personaje de dioses que obligan a los humanos a hacer cosas, y utilizo una frase en inglés que no se puede traducir cómo la escribí. Y pensé ‘pobre traductor’, se lo comente tiempo después y casi ni se acordaba la había dejado, literalmente, de lado.
En sus novelas es muy atrapante ver que para escribir usa todos los sentidos…
La idea de escribir, es justamente eso que la persona que lo lea se pueda sentir vivo con la escritura, hay algunos escritores -yo no puedo entenderlo- que no hacen uso del sentido del olfato. Estaba en un ascensor en España hace un tiempo y entró una mujer joven que tenía un olor penetrante, muy fuerte, algo físico, no erótico. Cómo hay escritores que no escriben sobre eso…
Usted siempre subraya su compromiso con la escritura ¿Por qué?
Todos estamos acá muy poco tiempo y hay que aprovecharlo lo mejor posible y el arte es una de las formas mejores para hacerlo. El arte aparece como algo muy distante, lo ves en un cuadro, lo lees en una novela, pero el arte en realidad somos nosotros mismos.
No hacemos arte por ser moralistas o comentadores sociales, nada por el estilo, sino para darnos una idea rápida de sentirnos, de estar vivos. La gente a veces me dice que tengo que tener algún tipo de responsabilidad polí¬tica cuando escribo pero eso es para los políticos.
Estoy comprometido con la escritura, todo el arte es amoral, el trabajo del arte tiene que ver con una fuerza moral, pero no soy moralista, mi única función es hacer una obra de arte. Una de mis leyendas es Kafka y él dice: el artista es el único que no tiene nada que decir. Como ciudadano me intereso por la política pero como artista no y así debe ser.
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