Con importaciones duplicando el ritmo de crecimiento de las exportaciones comenzó a preocupar el continuo debilitamiento del superávit comercial. Así, poor la extensión de las Licencias No Automáticas Previas de Importación quedó sujeto a autorización oficial US$ 1 de cada US$ 5. Los productos de origen brasileño son los más afectados pues un tercio de las importaciones bajo el régimen de LNAPI provienen desde ese mercado.
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Ecolatina). En 2010 el volumen de importaciones alcanzó su máximo registro histórico en términos del PBI constante (15,3%).
La sostenida demanda interna por sobre la capacidad de la oferta nacional, en un contexto de apreciación del tipo de cambio real, impulsaron fuertemente las compras argentinas en el exterior.
En la obtención de tan elevada participación de las importaciones sobre el producto, contribuyó también la relajación de los controles aduaneros que habían sido establecidos a fines de 2008 en el marco de la crisis financiera internacional. Esa flexibilidad fue posible gracias al abultado ingreso de divisas derivadas de la excelente cosecha de soja y a una menor fuga de capitales que permitieron aliviar las presiones en el balance cambiario.
Sin embargo, el continuo debilitamiento del superávit comercial –como consecuencia de importaciones duplicando el ritmo de crecimiento de las exportaciones– comenzó a preocupar. La tendencia actual llevaría a perforar rápidamente los US$ 10.000 millones que estableció el Gobierno como objetivo.
Se implementó entonces otra medida aduanera para desincentivar el ingreso de productos extranjeros. La base de mercaderías alcanzadas por las Licencias No Automáticas Previas de Importación (LNAPI) fue ampliada en febrero de 400 a 600 ítems.
Si antes de la nueva disposición se controlaba por este régimen a 6% de las importaciones del país, ahora se fiscaliza 18%, o sea: está sujeto a autorización oficial US$ 1 de cada US$ 5 destinado a la compra de productos extranjeros.
En esta oportunidad se apuntó a los bienes intermedios (insumos industriales), de capital y sus partes. Aunque de los 600 productos incluidos en el régimen de LNAPI los bienes de consumo siguen siendo los más controlados (43%), seguidos por los intermedios (32%) y los de capital y sus partes (25%).
Los productos de origen brasileño son los más afectados pues un tercio de las importaciones bajo el régimen de LNAPI provienen desde ese mercado. De hecho, antes se controlaba por este medio sólo 8% de las compras argentinas en Brasil, pero con la reciente extensión se interviene sobre 21% del total importado desde el principal socio del Mercosur.
Este tipo de medidas resiente las relaciones comerciales con los socios más relevantes en el intercambio, aunque el mayor problema se genera cuando la autorización de los permisos se torna discrecional.
Por caso, India reclamó por el freno en la aduana de 70 tractores originarios de ese país y advirtió que en represalia podría suspender la compra de aceite de soja argentino.
En cifras, se amenazan exportaciones por cerca de US$ 1.200 millones (según los envíos de ese aceite a ese destino en 2010) por controlar importaciones estimadas en sólo US$ 4 millones.
Además, la tesis de resguardo de la producción nacional es exigua: la fabricación local de tractores en 2010 creció 77% y superó su mayor nivel desde 1998.
Un elevado superávit comercial es fundamental, por ejemplo para apuntalar la Cuenta Corriente y permitir un proceso de desendeudamiento. Pero cerrarse al mundo es un paliativo de corto plazo para problemas de fondo.
En sentido opuesto, deberían promoverse incentivos para fomentar la inversión, mejorando la competitividad de los productos nacionales y su inserción internacional.
El objetivo sigue siendo minimizar la salida de divisas
La economía argentina está casi tan cara como en la convertibilidad. El tipo de cambio real bilateral se ubica actualmente en $ 1,14 por US$ 1 y avanza hacia el US$ 1 = US$ 1, pues la inflación local supera ampliamente a la de los Estados Unidos y la paridad nominal se mantiene prácticamente fija.
Esta situación resta competitividad externa a las exportaciones y simultáneamente abarata los productos extranjeros. De hecho, el deterioro del superávit comercial explicó casi la totalidad del déficit que arrojó la Cuenta Corriente en el último trimestre de 2010 (US$ -194 millones vs US$ +1.406 millones en el mismo período de 2009).
Por suerte, con la recuperación de la situación financiera mundial mejoró el clima de inversiones, por lo que en 2010 se pudo volver a exhibir un ingreso neto en la Cuenta Capital después de 3 años. Esta situación permitió incluso abultar el stock de reservas internacionales en mayor medida a lo que se había conseguido en 2009 (US$ 4.157 millones vs US$ 1.346 millones) ya que la fuga de capitales de ese año había absorbido 80% del superávit de Cuenta Corriente.
Pese a que se consiguió revertir la salida de capitales en 2010, no hay garantías de que se mantenga el flujo positivo este año. Por un lado, las elecciones presidenciales suelen incrementar la incertidumbre de los inversores (mayor dolarización). Por el otro, el Gobierno aún no logró retornar a los mercados internacionales en condiciones aceptables para ambas partes.
Así, con una Cuenta Corriente en retroceso y una Cuenta Capital incierta, se decidió minimizar la salida de divisas por el intercambio de bienes y servicios con el objetivo de desactivar cualquier tipo de presión cambiaria. En este marco surgieron por ejemplo las nuevas trabas a las importaciones y la prohibición para que las compañías de seguros se reaseguren en el exterior.
Estas medidas pueden elevar la oferta de divisas en el corto plazo, pero no brindan soluciones de fondo y pueden empeorar la situación general de la economía, afectando la provisión de insumos industriales, generando represalias comerciales o incluso elevando las presiones inflacionarias.
En una economía donde el consumo crece a mayor ritmo que la oferta local las importaciones evitan un mayor recalentamiento de los precios internos: la menor competencia externa tiende a exacerbar la inflación profundizando a su vez la pérdida de competitividad cambiaria.