Una sociedad que se resiste a cambiar

De tomarse en serio la retórica kirchnerista, la Argentina es un país en que quienes piden cambios drásticos son considerados reaccionarios y progresistas los que quieren continuidad.
La paradoja así supuesta no ocasionaría preocupación si hubiera motivos para sentirse satisfechos con el estado del país luego de doce años ganados pero, puesto que no hay ninguno, es de por sí angustiante.

Es como si la clase política nacional, acompañada por una ciudadanía que tiene pleno derecho a creerse defraudada, ya que una tercera parte de la población se ve sumida en la pobreza y otra tercera, tal vez más, corre el riesgo de compartir el mismo destino, hubiera llegado a la conclusión de que le convendría resignarse a la mediocridad por miedo a lo que podría suceder si aspirara a algo un tanto mejor.

El Pro de Mauricio Macri está en problemas porque muchos creen que, si lograra instalarse en el poder, procuraría modernizar la arcaica economía nacional para que se asemejara más a las del mundo desarrollado, una empresa que, huelga decirlo, perjudicaría no sólo a los acostumbrados a vivir de subsidios sino también a un sinnúmero de intereses creados.

He aquí la razón por la que parecería que los comprometidos con «la continuidad» están ganando el extraño debate subliminal que los enfrenta con quienes sugieren que al país le vendrían bien algunos cambios importantes.

Aunque sería prematuro suponer que el resultado del balotaje porteño significa que ya ha perdido aliento la candidatura presidencial de Macri, el ingeniero mismo lo trató como una señal de que debería acercarse cuanto antes a quienes quisieran excluir del «cambio» asuntos antipáticos vinculados con el manejo de la economía.

Desde el atardecer del domingo pasado, lo que ofrece es menos Pro y más radicalismo.

Si la economía funcionaba razonablemente bien, tal propuesta podría resultar atractiva, pero sucede que el gobierno saliente está gastando el dinero que todavía queda a un ritmo tan frenético que su sucesor no tendrá más alternativa que la de poner en marcha una serie de ajustes.

Mal que nos pese, por no ser infinitos los recursos financieros, la matemática siempre tiene la última palabra. Como los griegos de Syriza han tenido que aprender, cuando no hay fondos, por buenas que sean las intenciones de los gobernantes, mantener a raya «la austeridad» es imposible.

¿Estaría un hipotético gobierno encabezado por Macri, Ernesto Sanz, Elisa Carrió o la simpática Margarita Stolbizer en condiciones de llevar a cabo un ajuste forzosamente «salvaje» sin que los peronistas se las arreglaran para voltearlo? La verdad es que no hay demasiados motivos para creerlo. Aun cuando los compañeros se limitaran a manifestar su desaprobación de las medidas tomadas y juraran estar dispuestos a colaborar con un esfuerzo por corregir las «distorsiones» heredadas, les sería suficiente esperar a que el descontento popular desatara protestas incontenibles para entonces sacar provecho del caos.

Antes del balotaje, Macri y sus asesores más influyentes apostaban a que, de resultas del desastre populista más reciente, el Pro no tardaría en conseguir el apoyo de una mayoría sustancial. Es lo que necesitaría no sólo para poner a su líder en la Casa Rosada sino también para sobrevivir a los primeros meses, tal vez años, de una gestión que amenaza con ser extraordinariamente difícil.

Por cierto, no le bastaría un triunfo ajustado como para permitirse gobernar en paz. Para poder llevar a cabo las reformas estructurales que se propone, el Pro tendría que arrasar tanto en las urnas como en la mente colectiva, pero no hay señales de que estemos en vísperas de lo que sería una especie de revolución cultural.

Los peronistas se jactan a menudo de haber impedido que la clase obrera argentina cayera en manos de la izquierda totalitaria, como sucedió a sus equivalentes en Italia y Francia entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y la desintegración del socialismo real soviético.

Quienes hablan así están en lo cierto, pero, con la ayuda de militares politizados, también lograron frustrar todos los intentos de formar grandes partidos centroderechistas, innegablemente democráticos, de idearios parecidos a los que, en todos los países desarrollados, han facilitado el progreso económico.

Es en buena medida por carecer de un partido de tales características, uno que podría alternarse en el gobierno con otro socialdemócrata, que la Argentina ha quedado atrapada en el pasado, perdiendo cada vez más terreno frente a otros países de cultura muy similar.

De haber acompañado a sus parientes europeos o sus primos de Canadá y Australia, en la actualidad sería un país muy rico que brindaría a virtualmente todos sus habitantes oportunidades para alcanzar sus metas personales, no uno que, tal y como están las cosas, ya se ha visto superado por Chile y Uruguay.

El populismo es una anestesia muy fuerte. Aplicada con generosidad, hace más soportables los dolores sociales. Pero también paraliza.

Para que un día la Argentina salga de la modorra que la mantiene postrada desde hace más de medio siglo, le sería preciso resignarse a prescindir de las dosis regulares, y cada vez más fuertes, del estupefaciente al que se ha habituado.

De tomar el relevo del gobierno de Cristina una coalición débil, llena de intrigantes obsesionados por rivalidades internas, supuestamente comprometida con «el cambio», lo más probable sería que, como ocurrió con la Alianza del presidente Fernando de la Rúa, terminara desacreditando sus propios principios.

¿Sería mejor, pues, que triunfara en las elecciones previstas para el 25 de octubre la dupla Daniel Scioli-Carlos Zannini? Si fuera posible confiar en que, pase lo que pasare, un gobierno de tal tipo respetaría a rajatabla todas las reglas democráticas, sería positivo que por fin los populistas se vieran obligados a enfrentar las consecuencias de lo hecho por ellos mismos pero, si bien Scioli brinda la impresión de ser un demócrata cabal, lo escoltan personajes de actitudes muy distintas.

Por desgracia, en el muy competitivo mundo político escasean los capaces de aprender de sus propios errores: al toparse con una dificultad, casi todos la achacan a la perversidad ajena, dando a entender que nada es culpa suya, mientras que los autoritarios tratan de conformar a los perjudicados por su inoperancia vapuleando a los elegidos para servir de chivos expiatorios.

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