La casa de Habsburgo, Ginóbili, DiCaprio y una parábola sobre la cooperación en la economía

manas atrás, durante un viaje a Panamá, el economista estadounidense Tyler Cowen estaba aburrido y se puso a ver en la TV un viejo partido de básquet de 1980 entre Los Angeles Lakers y Portland. Le llamó la atención la altura de los jugadores: todas «torres», comparados con estrellas más ágiles y de menor altura en el básquet actual.

¿Qué pasó en el medio? Los equipos y los entrenadores se dieron cuenta de las enormes ganancias que trae la cooperación: tiros de tres puntos (desde lejos) con mejores chances de convertir, jugadores rápidos, inteligentes y precisos (como Tony Parker y Manu Ginóbili, de San Antonio) y mucha disciplina para jugadas preparadas. La evolución no viene de una respuesta intuitiva: alguien que no sabe del tema podría pensar que lo mejor es salir a la cancha con gigantes de 2,30 metros. Pero no.

«Los beneficios que involucran los esquemas cooperativos son aquellos en los que la simple observación intuitiva, a la vieja usanza, no puede apreciar», dice Cowen a LA NACION por correo electrónico, luego de ironizar: «Encantado de cooperar con su artículo sobre cooperación». Cowen es un académico polifacético, que escribió desde un libro con recomendaciones para elegir restaurantes (An economist gets lunch) hasta el best sellerEl gran estancamiento (el libro de economía más vendido online en 2013). Su blog Marginal revolution está entre los más influyentes de la profesión.

La puesta en valor de los tiros de tres puntos requiere de jugadores no tan altos, inteligentes y de técnicos y asistentes con mayor protagonismo. Importa el equipo más que las estrellas. Para Cowen, es una buena metáfora de lo que se puede venir en muchos sectores de la economía: con el fenómeno big data -la multiplicación de información en Internet-, estos bolsones de ganancias que se escapaban a simple vista por su complejidad quedarán en evidencia y forzarán una dinámica de cooperación más aceitada y eficiente. En este nuevo mundo, argumenta el economista, habrá «más sorpresas», con campeones menos «cantados» que en el básquet de los 80.

El tema «cooperación y confianza» está de moda en los trabajos de la economía académica. La irrupción explosiva de modelos de la denominada economía colaborativa (tipo Airbnb, la plataforma de alquileres temporarios, o Uber, para autos) es uno de los motores de esta tendencia. Pero también los grandes financiadores de investigaciones lo pusieron al tope de sus prioridades.

«Entre lo más interesante está el reciente libro de Geoffrey Hosking, Trust: a History [Confianza: una historia]», marca Cowen. Hosking explica que, históricamente, la confianza se midió a través de sistemas simbólicos, como las creencias religiosas o el dinero, y fue impulsada por gobiernos, iglesias y bancos, entre otras instituciones. Estos círculos pueden llegar a ser muy grandes, pero tienen la contra de que fijan fronteras a partir de las cuales ya no se confía. En otras palabras, la fuerza de estos lazos tiene integrada en su función la desconfianza al de afuera, lo cual termina en desequilibrios.

El «sálvese quien pueda», el leitmotiv de la falta de cooperación y de la desconfianza, fue testeado recientemente en un estudio muy interesante, aporta Cowen. En una situación de vida o muerte, normas como «las mujeres y los niños primero» quedan en un plano secundario. El economista Mikael Elinder analizó una base de datos de 18 desastres marítimos (incluido el del Titanic), que incluyeron el destino de 15.000 pasajeros y tripulantes de 30 nacionalidades distintas. El resultado: los capitanes y sus asistentes se salvaron de morir en un porcentaje mucho mayor que el promedio, y los hombres y adultos se impusieron en los botes salvavidas en mayor medida (en términos relativos) que las mujeres y niños. Leonardo DiCaprio muriendo congelado frente a la mirada enamorada de Kate Winslet parece ser una excepción antes que una regla.

En otro estudio de 2011, los sociólogos Delhey, Newton y Welzel analizan indicadores de confianza «macro» (en las instituciones, en el gobierno) con confianza «micro» (interpersonal). Países como Suecia, Noruega y Suiza rankean, previsiblemente, alto en ambas mediciones.

Entre los economistas argentinos, hay pocas investigaciones en el tema cooperación. Un trabajo no convencional fue comentado en esta columna: Ricardo Pérez Truglia, de Harvard, realizó meses atrás un estudio que tuvo mucha repercusión.

TRASPASAR FRONTERAS

En Estados Unidos, hay diferencia de confianza interpersonal en los distintos estados. Lo que hizo el economista argentino fue tomar una base de datos de eBay, el gigante de las ventas online, sobre la cual analizó la reacción y la confianza de consumidores ante un mismo producto y un mismo proveedor, para ver si se comportaban de manera distinta en relación con su ubicación geográfica. La respuesta fue impactante: la tecnología y el esquema de reputación en la Web -basados en críticas y vetos de los usuarios- actuaron como un «homogeneizador» de la confianza: los compradores decidieron de forma similar, más allá del estado del que provinieran. «Usando las herramientas adecuadas, se puede sostener la cooperación entre individuos que no estarían dispuestos a realizar un intercambio de forma offline», dice Pérez Truglia.

Consultado al respecto de descubrimientos novedosos e interesantes en este campo temático, el economista argentino menciona dos trabajos que cruzan economía, sociología, creencias, historia y antropología. Uno de ellos es El comercio de esclavos y el origen de la desconfianza en África, de Nathan Nunn y Leonard Wantchekon (de Harvard y de New York University, respectivamente). Apelando a nuevas herramientas econométricas, ambos autores hallaron que el período de comercio de esclavos (que duró 400 años) tuvo profundas consecuencias en la falta de confianza interpersonal de las sociedades africanas, y que este fenómeno es central para explicar sus problemas de subdesarrollo. La hipótesis es que en esos cuatro siglos se forjaron normas de desconfianza (el equilibrio en un esquema de teoría de los juegos pasaba por delatar al otro) que perduran más de 100 años después de abolida la esclavitud.

El otro trabajo que cita Pérez Truglia es El imperio ha muerto, ¡Larga vida al imperio! Los efectos de largo plazo de confianza y corrupción en una burocracia, de Sascha Becker (de Warwick, Inglaterra). Becker encontró un «efecto Habsburgo»: aquel imperio, que desapareció hace más de un siglo, tenía una burocracia prolija y respetada, que generó altos niveles de confianza de los ciudadanos que vivían dentro de sus límites. Décadas después, con fronteras entre países completamente distintas, personas a ambos lados de esa línea hoy invisible de la división política del imperio de los Habsburgo siguen teniendo niveles de confianza acordes con los moldeados durante aquella burocracia.

Moraleja de toda esta ensalada: más tiros de triple punto en básquet, burocracias prolijas, big data, compras online, conductas heroicas a la DiCaprio y psicólogos para traumas de África y de Europa Central. O algo por el estilo.

Fuente: La Nacion