El 2014, a nivel resultados, por ahora es como una continuidad del 2013. El tercer ciclo del Virrey sigue sin la buena estrella de las otras dos etapas gloriosas en el club. ¿Por qué antes le salían todas y ahora no?
«Al final no tengo el celular de Dios…”.
Se cerraba el 2013, un año “mediocre” como calificó Bianchi al no cumplirse los planes que imaginaba cuando arrancó su tercer ciclo en Boca. Y el propio técnico bromeaba con la famosa frase. Aunque, en definitiva, no es que el de arriba ya no le atiende los llamados o siquiera le contesta los mensaje de WhatsApp. Es como si directamente al Virrey le hubiesen robado el aparatito, porque este 2014 parece una continuidad del año que pasó: con un equipo que no logra tener una identidad, con jugadores que no terminan de comprometerse con el protagonismo que pregona el DT, con el mal de las lesiones siempre rondando y con un Súper a la vista que, de perderse, desatará un gigante mar de dudas sobre su cabeza. La suerte no gana partidos, pero cómo ayuda. Más cuando las que antes que le caían de cara, ahora le caen de ceca.
¿A qué se apunta cuando se habla del celular de Dios? A la buena estrella que acompañaba a Bianchi en sus dos anteriores y exitosas etapas en el club. Por ejemplo, que vaya a jugar contra Cobresal, al desierto de Calama, en Chile, y que le llueva; que la calurosa Barranquilla reciba a su equipo con una temperatura menor a los 30 grados; que se haga fuerte en las definiciones por penales: Palmeiras (final Libertadores 2000 y semi 2001), Cruz Azul (final 2001), River (semifinal 04, en la que luego cayó en los 12 pasos en la final ante Once Caldas y cerró su segunda etapa en el club); que pibes que entraban rindieran a la altura de los consagrados -cómo no recordar a Adrián Guillermo, reemplazante del Mellizo, al tirar el centro para el gol de Palermo en ese 2-1 contra Talleres de Córdoba que fue casi consagratorio en el Apertura 98, por nombrar sólo un caso-. O que el propio Loco, por debajo de su condición física tras una operación de ligamentos, ingrese contra River, en los cuartos de final de la Libertadores 2000, y cierre la clasificación con un gol. Pequeñas muestras de cómo la fortuna apuntalaba a un equipo sólido, que se recitaba de memoria (sobre todo, entre el 98 y 2000), con jugadores de Selección (tanto argentinos como colombianos), en el que una victoria llamaba a otra victoria. Y un título a otro título: fueron cuatro locales y cinco internacionales.
¿Y ahora qué? Armó un equipo alrededor de Gago y Riquelme, y cuando no se lesionó uno, estaba lastimado el otro (apenas arrancaron tres partidos del Inicial: Quilmes, River y Colón). El as de espadas y el de bastos fueron parte importante, y reincidentes los dos, del combo de las 62 lesiones -¡algunas insólitas!- que atendieron los médicos. Y si bien todas esas bajas conspiraron para armar un 11 de memoria que ganara en confianza y conocimiento, Boca estuvo lejos de ser el equipo que era protagonista en casi todas las competencias que jugaba en los períodos 98-01 y 03-04. Se vio en cancha la mayoría de las veces un conjunto desconcertado y desconcentrado, que fue 19° en el Final y que cada vez que tuvo que ganar para prenderse en la lucha del Inicial, dejó escapar las oportunidades. Que en el año sumó más derrotas y empates (17) que triunfos (16). Incluso, en el torneo que más lejos llegó, la Libertadores, Newell’s -al que superó en ambos partidos, pese a los 0-0-, lo eliminó por penales en Cuartos. Y si hablamos de penales, tan mal aspectado estuvo todo, que el remate más importante, el de Chiqui Pérez, para empatarle a San Lorenzo y sacarle terreno en la carrera por el título, fue a los guantes de Torrico. Y eso que el defensor es una especialista…
Ladrones: devuélvanle el fono, por favor.
Fuente: Olé