El GPS del Gobierno está «recalculando»

 

 

El país ha comenzado a vivir, al menos en las formas, lo que parece ser una nueva etapa, con más política y menos autoritarismo.

Interpretaciones hay muchas, pero nadie sabe con certeza si los cambios que muestra el Gobierno en sus modales y en la dirección de algunas de sus políticas son auténticos y obedecen a un baño de sensatez, o no van más allá de un simple maquillaje. A eso lo dirán el tiempo y los hechos, pero mientras tanto el país ha comenzado a vivir, al menos en las formas, lo que parece ser una nueva etapa con más política y menos autoritarismo.
Hay tres palabras que están muy ligadas con las razones que llevaron a la presidenta Cristina Fernández a modificar de manera notable el escenario: la necesidad, la derrota y la mentira.
La necesidad es la de llegar al final de su mandato en 2015 «lo más tranquila posible», como ella misma lo ha dicho, porque de la forma en que venía desbarrancándose la economía, hasta los especialistas del oficialismo vaticinaban un desastre.
La derrota, porque por más que se tratara de ocultarla, era inevitable admitir en algún momento que más del 65 por ciento de los ciudadanos del país votaron dos veces en contra de los candidatos del Gobierno.
Y la mentira, porque aun bajo la cobertura de un relato ficcional de la realidad, no se la puede sostener todo el tiempo.
Los costos
Uno de los mayores costos políticos que deberá pagar la Presidenta es la decepción de muchos de los militantes kirchneristas, que creyeron estar protagonizando una revolución y de pronto se encuentran con que las banderas innegociables de hace unos meses son reemplazadas por otras que expresan todo lo contrario.
Esto es un poco más profundo que las vulgares chicanas que usa la oposición, cuando dice que el oficialismo pasó del antiimperialismo a la aceptación de las condiciones de Chevron y Repsol, y a la búsqueda de financiamiento externo que significa volver a endeudarse con el capital internacional.
Lo que debería ser una normal actitud pragmática ante las dificultades se transforma en retroceso, porque tanto se cargó de épica el discurso oficial que ahora resulta inconcebible un razonable paso atrás. En ese contexto las fisuras internas son inevitables y ya se están manifestando.
El peronismo oficialista, con la aplicación de los cambios que reclamaba y la llegada de Jorge Capitanich a la jefatura de Gabinete, recuperó la sonrisa que había perdido ante los gestos de poder de La Cámpora. Y los más dogmáticos defensores del modelo buscan explicar «el giro» como algo circunstancial y poco profundo. «Guillermo Moreno fue al banco, pero es el mismo equipo el que juega», se consuelan, sin aceptar que ya no es el mismo equipo ni juega de la misma manera.
Las pocas apariciones en público de la Presidenta contribuyen a esa confusión entre sus filas. En esta relativa apertura hacia la consulta periodística, hay funcionarios que siguen rogando el anonimato por temor a las represalias, pero se animan a hablar un poco más. Dos de ellos, que se desempeñan en niveles superiores del Gobierno, sostienen que el estado de Cristina es excelente y que su casi reclusión en Olivos no es una limitación por riesgos de salud, sino una decisión de protegerse políticamente.
«Recuperó buenos niveles de imagen y quiere preservarlos. Busca que al desgaste lo sufran quienes hacen de filtros. Ese sí es un cambio profundo de estrategia política, pero sus ideas siguen siendo las mismas», aseguran.
Caso testigo
La media sanción del Senado al nuevo Código Civil contribuyó sin dudas a que las aguas internas del oficialismo se agitaran hasta extremos impredecibles. «A tal punto que una paloma como Miguel Pichetto corrió por izquierda a los halcones», comentó un ministro.
La admisión del jefe de la bancada oficial de que votaba por disciplina partidaria pero no está de acuerdo con los cambios introducidos al proyecto, causó una tormenta en algunos sectores de la sociedad que se escandalizaron por descubrir -recién ahora- la falta de ética que implica la obediencia debida en la política.
Sin embargo, el gesto de Pichetto apuntó a varios frentes internos. Acaba de ser reelegido como senador por 6 años, la mayoría de los cuales no serán kirchneristas, y se quiso diferenciar porque desea gobernar su provincia, Río Negro. Cuentan en el bloque que en estos años se han votado decenas de proyectos que no se compartían y que ésta fue una manera de decirle a la Presidenta que no habrá próxima vez.
Pero algo resulta evidente: si Pichetto esta vez se animó, es porque el liderazgo político de su jefa ya no es igual.
Fuente: La Voz del Interior (Córdoba)