Con nuevo entrenador, Independiente volvió a jugar mal y empató sin goles en Avellaneda con su homónimo de Mendoza. Sumó apenas tres puntos en cincho fechas y se viene Huracán.
«No prometo cosas mágicas». La frase pertenece a Omar De Felippe y la dijo el último miércoles al asumir oficialmente la dirección técnica de Independiente. Y bien hecha estuvo esa advertencia porque Independiente, que tuvo al ex entrenador de Quilmes sentado en el banco en lugar del despedido Miguel Brindisi, no cambió nada y volvió a mostrar una pálida imagen en Avellaneda.
En un Libertadores de América colmado, el Rojo no pudo superar a Independiente Rivadavia de Mendoza y el partido terminó en un aburrido empate sin goles. En cuanto al once titular, el DT movió poco. Utilizó a Julián Velásquez (salió lesionado a los pocos minutos) en lugar de Gabriel Vallés en la posición del 4 y arriba apostó por el juvenil Adrián Fernández por Facundo Parra.
Si bien el conjunto de Avellaneda controló el juego en el comienzo del encuentro, apenas 15 minutos duró el efusivo ataque del local. Después el cotejo fue muy parejo y lo único bueno para el Rojo es que tuvo en frente a un rival que vino a buscar el empate y ni siquiera lo atacó en todo el partido.
En el complemento, con el ingreso de Matías Pisano, Independiente mejoró un poco pero tuvo poca profundidad. Lo mejor pasó por triangulaciones del ex Chacarita con un apático Daniel Montenegro y Martín Zapata; más la insistencia de Cristian Menéndez.
El empuje desde el fondo de Cristian Tula -uno de los únicos aplaudidos por la gente- hizo que el equipo se meta en el arco rival los últimos diez minutos, pero la Lepra mendocina se refugió bien en el fondo y Josué Ayala estuvo sólido bajo los tres palos.
El punto dejó al Rojo con apenas tres unidades en cinco fechas y a 12 del líder, Defensa y Justicia. De cara al futuro se aproximan dos rivales, a priori, difíciles: Huracán en Parque Patricios y Banfield en Avellaneda. Lo cierto es que De Felippe deberá trabajar mucho en la semana para sacar adelante a un plantel que está destruido en lo anímico, físico y futbolístico.
Fuente: La Razón