La reencarnación

En el día que Diego cumplió 50 años, Messi volvió a demostrar cuántas cosas de Maradona tiene su juego. Como parte de un mismo ADN que atravesó los tiempos para unir a los dos cracks.

Hace 50 años, cuando nacía un tal Maradona, todavía faltaban 27 para que el tiempo alumbrara a Messi. Y más allá de la simple obviedad de haber atravesado eras diferentes, no puede perderse de vista que ambos fueron íconos de las mismas. Diego inauguró el fútbol moderno, su carrera acompañó los primeros cambios tecnológicos y fue masivo gracias a la irrupción de ese aparatito que dominó primero nuestro living y después nuestra vida. Desde el otro lado del océano los pibes de entonces nos condenábamos a un lunes somnoliento por quedarnos hasta la medianoche para ver sus goles por TV, con la increíble posibilidad de poder disfrutarlos en el mismo día. Messi, en cambio, explotó en la época de la inmediatez, y un doble clic después de que hace una de sus maravillas ya lo podemos ver en la computadora. Pese a todo esto, y a la realidad social que también los separó, hay un hilo conductor que atraviesa como un cuchillo la densidad de los tiempos, y los une en los gestos, en la zurda traviesa, en la inconfundible genética de ese fútbol de acá, que en Europa no se consigue.

No habrá aquí una comparación entre ambos, ni un sesudo punteo de méritos para determinar en un imaginario pan y queso a quién elegiríamos primero. Todo lo contrario. El día en que el mundo del fútbol festejó el medio siglo de vida de Maradona, la fecha ofrece su sentido de disparador para encontrar en uno y otro las pistas, las pequeñas y sutiles señales que nos indican una misma procedencia.

A los archivos de imágenes les debemos habernos enseñado la gran cantidad de goles mellizos que Diego y Messi han convertido en su vida. Ayer, frente al Sevilla, Lionel metió un gol sucio, de los pocos que le caen del cielo, tan impropio de su talento que casi no dan ganas de incluirlo en la estadística. Sirvió para que, a los 4 minutos, el Barcelona se olvidara del partido que estaba jugando y pasara a pensar en su próximo desafío. El segundo, el de Villa, pone en perspectiva la dimensión del Messi pasador, una forma maradoniana por donde se la mire. No es Lionel, como no lo era Diego, un jugador que amasa la pelota para cocinar su jugada. Es un estilo de pique corto y fulminante, y el estiletazo de zurda decora el cuadro. Leo arrancó sobre la derecha, en un metro se limpió a dos, y después de fabricar el hueco descargó para Villa. El Guaje hizo el resto, enganchó para adentro y sacó un tiro que bajó en el segundo palo. De crack.

La otra obra goleadora de Messi la hemos visto cientos de veces: el arranque sin previo aviso, la visión de tener claro por dónde lastimar, la velocidad que deja a los defensores en ridículo, como si en realidad no tuvieran interés en marcarlo, y el disparo mortal, lejos de cualquier intento salvador del arquero. Son goles que el San Paolo jurará haberlos disfrutado por decenas, cuando Diego agachaba la cabeza, inflaba el pecho, y bordaba con su pie mágico en medio de piernas hostiles hasta que tac, la ponía contra un palo.

Por estas horas, Maradona repasó en Olé su carrera y recordó lo que sufría en el Napoli para armar un equipo competitivo. Messi tiene la suerte de no sufrir, más bien todo lo contrario. Porque no debe haber mejor lugar que el Barcelona para ser feliz jugando al fútbol. El y sus compañeros tienen suerte de tenerse.

Así como ese domingo 30 de octubre de 1960 a las 7.05 de la mañana Diego reencarnó en él el talento de otros, Messi volvió a recordarnos ayer las cosas que heredó de aquel morocho de Fiorito. En 50 años, quizás alguien tome la posta y continúe la dinastía.

Fuente: Olé