Copiapó, 1 de setiembre (Télam, enviado especial).-Cuando cae la noche y la temperatura desciende bruscamente en el extenso desierto de Atacama, surgen numerosas fogatas entre las carpas del Campamento Esperanza, en la mina San José, que permiten a las familias de los 33 mineros sepultados capear la dureza y el frío de la angustiosa espera. El Campamento, 800 kilómetros al norte de Santiago, se ubica a los pies de la mina, unos 100 metros antes del lugar en donde la perforadora Stratta 950 trabaja en el ducto de 80 centímetros de diámetro que permitirá la salida de los hombres enterrados a 700 metros bajo tierra. Durante la noche solo se escucha el martilleo de la colosal máquina e intermitentes susurros alrededor de la gran cantidad de ví¡rgenes y santuarios dispuestos en varias partes del amplio terreno en donde los familiares mantienen una persistente cadena de oración por sus seres queridos. El video que los familiares pudieron ver anoche, en el que los mineros lucen de muy buen humor, afeitados y bien alimentados, no modifica este rito realizado por el grupo de ansiosas personas -en su mayoria mujeres- conocedoras de la dureza de las condiciones de vida y de trabajo en el yacimiento de oro y cobre. Varios de ellas se encuentran en el lugar desde el día siguiente del derrumbe y han transitado los altibajos del proceso de rescate cobijadas bajo esta liturgia, que les permite ir superando los tropiezos aní¡micos que se poní¡an por delante. «Los mineros y los familiares somos gente dura, acostumbrados a las dificultades. Esto es difí¡cil, pero ellos van a salir, eso siempre lo supimos nosotros» comenta con un «tecito» en la mano y cerca de la fogata Marí¡a, una mujer morena de piel curtida por el sol norteño, que espera a su cuñado. Precisamente la dureza y persistencia de estas familias, fue en definitiva lo que impulsó a las autoridades a continuar con la búsqueda, cuando pasaban los días y las probabilidades de sobrevida disminuí¡an drásticamente y todo parecí¡a indicar que continuarla era inútil. Un poco más arriba, en un área levantada con carpas del ejército dispuesta por las autoridades para comunicar a las familias cada etapa y avance del proceso de rescate, se consumen las velas puestas en los santuarios a la Vi¡rgen Marí¡a, el Padre Hurtado y San Lorenzo. Finaliza un día y se inicia otra jornada de larguí¡sima espera en el que estas sufridas mujeres aguardan que se repitan las buenas noticias recibidas en las últimas horas. Mientras los últimos fogones se van extinguiendo, ingresan de a poco a su carpas para que el silencio de paso al martilleo incesante de la perforadora, apenas 100 metros más arriba, en el duro desierto de Atacama, el más árido del mundo.