El rol del estado

El rol del estado en las democracias y en las economías modernas es uno de los temas que, actualmente, más se debaten a nivel planetario y, afortunadamente, también aparece como un tópico que empieza a ser motivo de discusión entre las distintas fuerzas  que participarán en las elecciones generales del presente año.

 

Se trata de un asunto liminar. Justicia, educación, seguridad, salud, economía, inclusión social, empleo, pobreza, cuidado del medio ambiente, preservación ecológica, defensa exterior, dependerán del rol que, en cada país se le asigne al Estado.

 

Uno de los documentos que más acabadamente ha abordado esta cuestión es la Carta encíclica Centesimus Annus, promulgada por San Juan Pablo II en 1991, al señalar que “Descartados el capitalismo crudo y despiadado, por un lado y el socialismo anulante por el otro, que de hecho es un capitalismo de Estado, se presenta como el modelo alternativo a ser homologado  el de una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación, que no se opone al mercado, pero que exige que este sea controlado por el Estado, de manera que garantice la satisfacción de las exigencias fundamentales de la sociedad”.

 

La síntesis perfecta entre los principios que subyacen en torno al rol del Estado en una sociedad moderna está dada por los conceptos de Solidaridad y Subsidariedad, los cuales deben alcanzar un equilibrio tal que permitan amalgamarse.

 

Subsidariedad para que el Estado no invada los ámbitos de la legítima iniciativa de las personas y las instituciones. Solidaridad para que el Estado asista a las partes más vulnerables del conjunto social.

 

La doctrina social de la Iglesia, nacida con la encíclica Rerum Novarum, de fines del siglo XIX valora la libertad económica, pero no hace de ella un fetiche ni sacrifica en su altar a los más necesitados.

 

Por eso propone una activa intervención del Estado que promueva la equidad y la igualdad de oportunidades. Por eso, también, impulsa una intensa acción social de la Iglesia, como lo demuestra su fecunda labor en las villas de emergencia de todo el país.

 

No es, por cierto, de ninguna manera, enemiga ni de la propiedad privada ni de un sano capitalismo.

 

La indiferencia por los pobres y los más vulnerables ni siquiera honra la mejor tradición del liberalismo económico, cuyos más altos exponentes, como Adam Smith, jamás postularon un darwinismo social para el que la miseria de algunos sea un precio que la sociedad debe pagar en tributo al «sagrado dogma» de la oferta y la demanda.

 

Dr. Jorge R. Enríquez