Abuelo linchó al ladrón en defensa de su nieta

Llegaba a su casa de 35, 3 y 4, cuando el delincuente se le quiso meter en el garaje. El hombre de 73 años, se le abalanzó y se trenzaron en lucha cuerpo a cuerpo. Arriesgó su vida por la de su nieta menor de edad. Un vecino luego lo ayudó. El ladrón fue retirado en ambulancia, muy ensangrentado

En el corazón del Barrio Norte platense, en un acto heroico, un hombre de 73 años anoche puso en juego su vida en defensa de su nieta menor de edad cuando se enfrentó cuerpo a cuerpo con un delincuente armado que lo sorprendió en una brutal entradera en su domicilio de calles 35 entre 3 y 4.

El hombre había llegado a bordo de su auto –un Corsa Wagon celeste metalizado-, y ya lo había estacionado sobre la vereda y se disponía a abrir el portón de su casa, cuando de pronto, en medio de la oscuridad, se le vino encima el asaltante, con un arma de fuego en la mano; una pistola calibre 9 milímetros. Y lo encañonó como para ingresar a la vivienda.

La reacción del dueño de casa fue tan inmediata como impensada. Sanguínea. En un instante recordó que en el interior de la vivienda, un coqueto chalet con aberturas de madera lustrada, ubicada en el numeral 443 de la calle 35 estaba en soledad su nieta de 17 años.

Fuentes policiales identificaron al propietario de la vivienda como Roberto Zucolillo (73). Informaron que el hombre se trenzó en lucha con el asaltante a pesar de la marcada diferencia física y de edad.

La imprevista respuesta de Zucolillo sorprendió al ladrón tanto que tras el primer empujón se le cayó la pistola. Luego, ambos comenzaron a intercambiar golpe por golpe.

El auto a medio estacionar sobre la acera, los gritos desesperados de la nieta adolescente y esos dos hombres manteniendo esa desmedida pelea en el piso del garaje conformaron la tétrica escena. Cada segundo parecía una eternidad. Cada golpe iba desgastando cada vez más aquel hombre de 73 años que ya habían decidido arriesgar su vida en defensa de su nieta. Sea lo que sea.

Por suerte, los gritos de la chica y los ruidos que se habían generado, fueron escuchados por un vecino lindero, de nombre Pablo, que en ese momento había salido a sacar la basura. Se acercó al portón y no dudó en ayudar a Zucolillo.

El joven se encontró con un trozo de madera con el que su vecino se había intentado defender. Y juntos siguieron apaleando al ladrón. Tanto que el trozo de madera, similar a la pata de una silla o de una mesa, se partió en dos en uno de los golpes.

La furia y la ira desatada se hicieron incontrolables. De a poco, el delincuente comenzó a ser reducido y fue cambiando el estado de cosas. Zucolillo totalmente fuera de sí no paró de golpear. Ya no pudo detenerse. Había sangre por todos lados. Todo el garaje tenía el piso teñido de un inmenso charco pardo rojizo. Una vecina que escuchó los gritos llamó al 911.

Efectivos del comando de patrullas y de la comisaría segunda de la jurisdicción se hicieron presentes. Cuatro móviles en total, estuvieron allí en cuestión de segundos. La primera imagen les llamó la atención. Y les costó comprender lo que allí había pasado. Vieron al hombre de 73 años sentado en la vereda, con los brazos caídos a cada lado; exhausto, extenuado, sin aire, con la mirada perdida. Estaba vestido con un short y una musculosa totalmente manchadas con sangre.

Y a menos de un metro, casi desmayado, se lo veía al delincuente. Apenas se podía mover. De zapatillas, pantalón corto y remera, su cuerpo reflejaba la paliza recibida en todas partes. Un poco más allá estaba la madera partida en dos con la que primero el abuelo y luego su vecino le habían “dado su merecido”, tal como indicaron luego los numerosos vecinos que se hicieron presentes en esa casa, ubicada a escasos metros del conocido colegio secundario de 4 y 35.
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