SEVILLA.- «Eso ha estado tanto al sol que ya debe de estar mal. Yo creo que no hace más de 41.» Completamente sudada y sin dejar de agitar el abanico por un instante, una señora mayor pone en duda la veracidad de los datos del reloj/termómetro en la zona de La Macarena, que allá por las 17 alcanza los 44 grados. Magro consuelo para seguir soportando el infierno a la espera del bus rumbo a la cancha.
El paraíso es el clima acondicionado del Palacio de Deportes, donde se entrena la Argentina. Pero ni siquiera ese beneficio cambia el estado de situación de los jugadores. Hay un ánimo distinto. Cada vez que un equipo nacional se presentó a un gran torneo con integrantes de la Generación Dorada se dijo que la imagen que daban hacia afuera era la de un grupo de colegio secundario de viaje de egresados. Alegre, entretenido y haciendo bromas a todos.
Tal vez eso esté directamente relacionado con que ellos siempre estuvieron a la altura de las expectativas. Hoy, cuando faltan apenas 24 horas para el comienzo del Mundial, muchos empiezan a sentir que van de punto y eso no los divierte. «Hicimos demasiadas cosas mal en los últimos amistosos. En estos cuatro días, pudimos enfocarnos sólo en corregir las peores», dice el entrenador Julio Lamas con una naturalidad que no se condice con su realismo descarnado.
Una práctica del seleccionado es, por estos días, una suerte de campus basquetbolístico. Por ahí está Pablo Prigioni abriendo los brazos y haciendo amagues, transmitiendo conocimientos a Facundo Campazzo y Nicolás Laprovittola. El mejor profesor para dos talentosos de enorme futuro. Un poco más allá, más cerca del aro, el que gesticula y ensaya posiciones corporales es Luis Scola, que tiene aún más alumnos. Es el encargado de explicar fundamentos a Marcos Delía, Matías Bortolin y Tayavek Gallizzi.
La formación de jugadores, y más aún, la de un equipo para competir en el primer plano internacional, requiere años de dedicación. Y en eso trabaja la Generación Dorada, esforzándose por crear el clima para una transición que no sea traumática.
Fue Julio Lamas -y seguramente no se trata de algo casual- quien le abrió la puerta para su primer Mundial a Manu Ginóbili, Pepe Sánchez y Fabricio Oberto, allá por 1998, en Grecia. El equipo alcanzó allí la etapa de cuartos de final, es decir, quedó entre los ocho mejores del mundo, cruzando una barrera que lo había detenido en el Mundial anterior (Canadá 94) y en los Juegos Olímpicos Atlanta 96. Y también él se animó a una renovación riesgosa y abrupta cuando encaró el Preolímpico de Puerto Rico en 1999 con jovencitos que no tenían ninguna experiencia internacional, como Andrés Nocioni, Leandro Palladino, Leonardo Gutiérrez y Luis Scola. Aquella vez alcanzó una meritoria medalla de bronce, pero no le fue suficiente para llegar a Sydney 2000. Es decir, el director técnico sabe bien de qué se trata. Ya pasó exactamente por esto.
Si se tiene en cuenta que la próxima disputa de la Copa del Mundo será en 2019 por la reestructuración del calendario de FIBA, ésta será la última para Luis Scola (en 2019 tendrá 39 años), Pablo Prigioni (42), Andrés Nocioni (38), Walter Herrmann (38) y Leo Gutiérrez (41). Es, claramente, el fin de un ciclo. Cada vez resulta más difícil sostener la esperanza. Como dijo Chapu Nocioni: «Ni siquiera nosotros sabemos como para qué estamos».
Ayer, José Juan Barea, talentoso base de Minnesota, sonrió con malicia cuando se le recordó el triple que falló en Mar del Plata 2011. Si en aquella semifinal esa pelota hubiera entrado, el ciclo de la Generación podría haber concluido antes… «Cada vez jugamos mejor contra la Argentina. Aquella vez jugamos bien también, casi la quebramos al final. Si seguimos jugando como estamos haciéndolo, vamos a ganarle.» Puerto Rico es el rival de mañana, a las 12.30 de Buenos Aires (17.30 local), pero no es menos comprometedor que Croacia y Grecia, los otros dos grandes de este grupo. Y en las condiciones actuales, la Argentina no podrá darse el lujo de relajarse contra Senegal o Filipinas que, en principio, son los seleccionados más débiles.
La Generación Dorada hizo demasiado. En algunos torneos, como Londres 2012, detuvo el tiempo. Cuando todos ya habían pasado por bastante los 30 años de edad, jugaron como si tuvieran 25. Pero hay un límite natural para todas las cosas. Seguro que a Lamas le gustaría tener más amistosos con este equipo, encontrar la manera de parar el reloj y dar más cocción a esta selección. «Siempre queda la sensación de que algo más podríamos haber hecho», reflexiona.
Haría falta mucho tiempo… Justo lo que a este conjunto nacional no le sobra. Ésta es la realidad y nada va a cambiarla. Ya hay que salir a la cancha..
Fuente: La Nación